De bandidos y guerras civiles

Estuve revisando la etimología de la palabra bandido y no me sirve para decir lo que iba a decir, de manera que no voy a echar el cuento de que bandido hace referencia a “elegir un bando”, porque no es verdad.

Pero ojalá fuera verdad porque explicaría mucho de lo que está pasando en Colombia.

Se impuso la idea de que es más importante elegir un bando que intentar decir la verdad. Y como la lealtad está con el bando -y no con la verdad- este país se está llenando de bandidos que son cómplices de unas atrocidades vergonzosas, con tal de no separarse de su bando.

Bandidos los que promueven la narrativa de que esto es una revolución y no importa si mueren pacientes a los que no llega oxigeno o medicamentos por culpa de los bloqueos. Bandidos lo que llaman accidentes a los asesinatos. Bandidos los influencers que comparten infografías por Instagram que justifican la violencia de los marchantes. Bandidos los traquetos que salen a resolver la situación a plomo. Bandidos todos: una vergüenza para el país.

Hay que insistir en algo: el mundo es complicado y por lo tanto el pensamiento debe ser matizado. La complicidad con las injusticias son producto precisamente de esa necesidad de no desviarse de la línea de su grupo: los que ya respaldaron las marchas temen denunciar los bloqueos inhumanos; los que respaldan a la policía temen denunciar los asesinatos que han realizado. El gregarismo se opone al criterio. El gregarismo es una manera de ahorrar energía mental; basta con esforzarse en encontrar el grupo con el que más resonamos para luego no volver a pensar. El momento actual exige criterio individual, y muchos solo quieren encontrar su bando con narrativa unificada.

Estuve leyendo El monarca de las sombras de Javier Cercas sobre la guerra civil española (también recomiendo Soldados de Salamina del mismo autor). El mensaje es sencillo: la guerra -la revolución, si quieren- en sus inicios se presenta como una oportunidad para que los jóvenes se conviertan en héroes. Heroísmo que se mantiene en los ojos de los familiares que creen la historia de que su hijo fue a la guerra a defenderlos; lo interesante es que los hijos, luego de tanta sangre y matazón, advierten que no hay heroísmo allí, sino simplemente una barbarie que ya no tiene reversa y en la que preferirían no estar metidos. La guerra -podemos concluir los lectores- no vale la pena. En ningún caso. Y una conclusión aún más perturbante que da el autor: preferible ser un siervo en el mundo de los vivos que un rey en el mundo de los muertos.

Esta situación exige lo mejor de nosotros: hay que rechazar, incondicionalmente, la violencia que, como la guerra, nunca vale la pena.

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