Dos historias de país

Anoche leí las reflexiones de una persona sobre lo que está pasando en Colombia. La preocupaba que no fuéramos conscientes de que este momento era historia. Hacía referencia a varios momentos históricos que nos han permitido tener un mejor presente gracias a los sacrificios de nuestros antecesores.

Esa última afirmación es válida para quienes sostienen dos historias de país diametralmente opuestas.

La historia de ella era que gracias a las luchas sociales y a los sacrificios de muchos, hoy podemos gozar de una serie de derechos: “si usted no es súbdito de un rey, esclavo de un señor feudal, tiene acceso a la salud pública (por muy mediocre que sea), tuvo algo de educación […] si ha votado, si planifica maternidad… todo eso ha sido ganado a pulso por gente que entregó su vida, en muchas ocasiones literalmente, a esas causas”.

Su premisa es que el bienestar depende de la lucha social; de ganarse -a las buenas o a las malas- derechos que hasta el momento nos son restringidos por una serie de privilegiados que nos tienen oprimidos.

La otra historia habla del progreso: las mejoras en la calidad de vida no son producto de luchas sociales, son el resultado de trabajo e innovación, es decir, progreso humano. No somos súbditos porque logramos encontrar una manera de producir que fuera más barata -y digna, por supuesto- que emplear esclavos. Podemos acceder a educación porque hay suficiente riqueza como para que no todos tengamos que intercambiar la totalidad de nuestro tiempo para poder subsistir. Podemos planificar porque el ingenio humano creó métodos anticonceptivos.

Bajo esta historia el bienestar humano no se obtiene de la confrontación, no hay una wish list de cosas que queramos y que ya existen, hace falta trabajar por alcanzarlas y, en algunos casos, por crearlas.

Ambos lentes son, por supuesto, miopes. Hay ganancias producto de luchas sociales así como las hay producto del progreso humano. Creer que una de las dos historias lo explica todo no es otra cosa que afiliarse a una religión: la religión de la lucha social o la religión del progreso humano.

Es curioso: en el momento histórico en el que las religiones tradicionales parecen más debilitadas, los seres humanos no podemos evitar buscar nuevas religiones. Como dice la frase: “el hombre que se declara ateo simplemente todavía no sabe a qué Dios le reza”.

Estamos pues ante nada más y nada menos que una guerra religiosa. ¡Qué sorpresa! Después de tanta vuelta volvimos al inicio: dos bandos que desconocen cualquier validez en el dogma de sus contrarios.

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