Eficientes pero ineficaces

El escritor que no pierde un segundo, que teclea sin parar durante horas, produce una novela de la que vale la pena desconfiar.

En el caso del escritor nos queda fácil reconocerlo: si no dedica tiempo a pensar, a la contemplación, a la observación, es probable que su escrito no sea digno de ser leído. Uno no compra el libro que haya sido escrito de manera más eficiente, el que menos recursos haya exigido en su producción; uno quiere, un libro eficaz. Es decir, que tenga la capacidad de lograr el efecto deseado en el lector.

Pero eso no aplica solo para libros. La eficacia es lo que uno quisiera en cualquier empresa o proyecto. Aun así, nos fascinan los empleados eficientes. Verlos teclear con ritmo frenético. Despachar varios clientes en pocos minutos. Asistir a dos reuniones al mismo tiempo. Estar todo el tiempo ocupados trabajando.

“¿Y ella es eficiente?” Sí, muy eficiente. Impresionante. Una maravilla. Hace todo lo que le ponen de una manera organizada y rápida, ¿qué más puedo pedir?

La respuesta es que sí se puede pedir algo más. Que se preocupe por la eficacia, no solo por la eficiencia. ¿Sus trabajadores están haciendo tareas con la capacidad de lograr el efecto deseado?, ¿o simplemente están trabajando eficientemente sin pensar en si su trabajo avanza las metas de la organización?

Porque sí, se puede hacer mucho trabajo eficiente que no lleve a ningún lado. Como esa novela escrita en tiempo record pero sin un ápice de sustancia. Y a eso, desafortunadamente, nos acostumbramos. Como trabajadores es una manera de evadir responsabilidad: “pero si yo hice todo lo que me dijeron y además lo hice eficientemente”. Y como líderes también sirve para esconderse: “No entiendo qué nos pasó si aquí lo dimos todo por sacar adelante esta empresa”.

Ese es el problema: nos concentramos en actuar competentes sin preocuparnos si esa energía está bien enfocada. Tal vez tiene que ver con que la eficiencia es más fácil mostrarla en el día a día, mientras que la eficacia solo es posible evaluarla pasada un tiempo. ¡Hasta en eso somos cortoplacistas! En preferir el trabajo ocupado sobre el trabajo importante.

Podemos culpar a los líderes; en últimas, la eficacia (qué se necesita para lograr los objetivos) debería quedar clara desde la estrategia. Pero yo creo que también es culpa del trabajador. Y es que el trabajador que no se cuestiona si lo que lo pusieron a hacer tiene vocación de ser eficaz es uno que probablemente no se va a meter en problemas, pero también es uno que en nada contribuye a cumplir con el propósito de la empresa. En otras palabras, es un trabajador ocupado pero, a fin de cuentas, irrelevante.

Pero para uno cuestionar si lo que está haciendo es eficaz hay que darse la oportunidad de pensar. De contemplar y observar, como el buen novelista. Y eso, en un ambiente de trabajo en el que se juzga al que no está ocupado, es un riesgo alto.

Para ser un trabajador relevante (un líder) hay que atreverse a pensar. Y pensar, claro, viene con el riesgo de ser juzgado. Ese, creo yo, es un precio que vale la pena pagar. Sobre todo porque la alternativa es mirar hacia atrás y ver que uno invirtió 30 años de su vida en ser eficiente, pero no tiene nada para mostrar porque no fue, en lo absoluto, eficaz.

Idea que provocó la reflexión:


Lo que nunca entiende la esposa de un escritor es que cuando él mira por la ventana está trabajando.

Burton Rascoe

*La diferencia entre eficiencia y eficacia primero se la escuché a Mauricio Rodríguez en esta conferencia, que les recomiendo.

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