El abrazo de la dificultad

Estanislao Zuleta escribió sobre el elogio de la dificultad: la necesaria búsqueda del esfuerzo y la adversidad. Es vital preferir lo retador por encima de lo fácil. La alternativa es perseguir los paraísos terrenales que tanto han tentado al ser humano y que tuvieron sus ‘quince minutos de fama’ durante todo el siglo XX. Ya sabemos en qué termina tanta utopía: en regímenes asesinos; en ismos que siempre se traducen en abismos: comunismo, nazismo, maoismo.

Para evitar baños de sangre -esta es mi interpretación de la tesis de Estanislao- cambiemos como individuos y dejemos de desear los paraísos en tierra -la hamaca en las Bahamas- y dediquémonos a edificar nuestro destino a través de la aceptación valerosa de la dificultad.

Ese es el elogio de la dificultad. Hablemos ahora del abrazo de la dificultad: tan necesario como su elogio. Esta pandemia ha sido la prueba de que la dificultad ha sido un huesped primerizo para muchos. Si el Estado no pudo recrear el paraíso perdido, algunas familias -tan pudientes como protectoras- han creado una burbuja de protección alrededor de jóvenes que hoy por primera vez danzan con la dificultad.

“La casita feliz”, decía ayer una entrevistada de nuestro nuevo podcast. En esa casita no pasa nada malo pues lo indeseado no logra atravesar las puertas aseguradas y las ventanas bien ajustadas. La casita es el paraíso terrenal.

El problema es evidente: a falta de dificultad -a falta de esfuerzo- el hijo o la hija de esa casita feliz no desarrolla el caparazón necesario para enfrentar la tragedia del mundo (como las pandemias) ni la malevolencia del ser humano (como ese jefe abusivo). Y lo que es peor: cuando llega la pandemia, cuando el jefe grita, la hija de la casita feliz no aprovecha para forjar el caracter que le permitirá progresar en su interacción con el mundo; ¡hace todo lo contrario! Lo exterioriza. Llama a su madre y se queja. Se desahoga en lágrimas. Ese se convierte en su mecanismo predilecto. En vez de abrazar la dificultad -la danza interna con los sentimientos incómodos- opta por la repartición de la misma. En vez de cultivar esos sentimientos y forjar un caparazón resistente, opta por el desahogo. Por liberar esa presión interna y permitir que esa experiencia formadora se deshaga en el tradicional llanto del jueves por la noche.

Idea que provocó la reflexión:

Si exteriorizamos nuestra angustia constantemente, no aprendemos a manejar los días malos por nuestra cuenta. No practicamos calmarnos a nosotros mismos justo cuando nuestros cerebros están en la mejor posición para desarrollar nuevas habilidades.

Meg Jay, La década decisiva

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