El enemigo de la eficacia

El enemigo de la eficacia es la ecuanimidad en las tareas. La idea de que a todo lo que nos toca hacer debemos darle el mismo peso. Es apenas justo. El jefe necesita que hagamos X, Y, Z por lo tanto haremos X, Y, Z.

¿Pero qué tal que X tenga 10 veces más impacto que Z, y que Y solo sirva para satisfacer al jefe, pero no para generar efectos en la realidad?

Esa ecuanimidad era latente en la universidad: veía uno a muchos que satisfacían una carga -desproporcionada- de estudio con tal de no dejar ahogar ninguna materia. Todas las materias importan, parecía ser su filosofía.

Había otros que, en cambio, eran despiadados: estaban dispuestos a dejar ahogar un par de materias, con tal de poder dedicar más energía -tal vez de la necesaria– a alguna que les interesaba particularmente.

Mi sospecha es que los últimos han tenido una adaptación más satisfactoria al mundo profesional. Los primeros -los niños 10, que sacaban las mejores notas en todo- suelen caer en lo que algunos han llamado síndrome del buen estudiante. Para estos buenos cumplidores resulta traumático ver personas menos responsables -menos ecuánimes en sus tareas- avanzar más rápido en el mundo profesional. Pensarán que el mérito se perdió en un mundo corrupto. Pero no creo que sea ese el caso.

Creo que tiene más que ver con que el mundo laboral es complejo: no se rige por unas normas establecidas y unos patrones recurrentes. En este nuevo escenario, tan distinto al colegio y la universidad, no basta con satisfacer expectativas o cumplir tareas. Hay acciones que están mejor rankeadas. Como, por ejemplo, solucionar problemas de la organización.

¿Qué es mejor para la organización: que alguien cumpla con juicio con X, Y, Z o que alguien despiadadamente se enfoque en X, deje ahogar Y y Z, y en el proceso le ahorre millones de dólares al año a la compañía?

La respuesta es obvia. La implementación, sin embargo, es retadora: se requiere una nueva adaptación – dejar atrás las mañas colegiales y universitarias-, se requiere también tener criterio y pagar el precio que suele significar el de trabajar sin permiso. El proceso puede ser traumático: convertirse temporalmente en la oveja negra, en el empleado incómodo. Eso sí, el resultado bien puede serlo todo: y es que nada, nada se compara con la satisfacción de haber creado algo valioso y aún mejor, algo que nadie había pedido que fuese creado.

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