En contra del dogma

Lo que no alcanzamos a ver los detractores del dogma es que en nuestra reacción solemos ser -y aquí viene el plot-twist- dogmáticos.

Es la maldición del alternativo: creer que la alternativa es buena por el simple hecho de la alternativa.

Es la gran mentira de ciertas universidades que se jactan de enseñar a sus alumnos pensamiento crítico cuando en realidad no están haciendo otra cosa que indoctrinarlos. Se piensa critico respecto de lo establecido (¿no son acaso las palabras status quo y problemática las que más figuran en los ensayos universitarios?), pero nunca se cuestiona el cuestionamiento.

El reemplazo del dogma -la afrenta al status quo– cuenta con el blindaje de los profesores reaccionarios, y no se debe cuestionar. Nunca.

Los que se enorgullecen de ser contra dogmáticos están mintiendo: son los más dogmáticos de todos. Solo que su dogma no parece dogma: no es tradicional, sino que es novedoso y tiene muchos disfraces: ecológicos, animalistas, “política alternativa”, elevados niveles de consciencia, veganos. En fin.

Sigan con sus causas. Pero no vengan a decirnos que sus causas son el producto del pensamiento crítico. Son producto de criticar el establishment, hasta ahí todo es cierto. Pero el rigor de la crítica nunca les ha permitido ver que en sus creencias han incurrido en eso mismo que venían jurando derrocar. Es decir, en nada más y nada menos que dogmatismo.

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