Huirle a los aplausos

Marco Aurelio, emperador romano y uno de los principales referentes del estoicismo, tenía la práctica de dividir cada cosa a las partes que la componen. Así, por ejemplo, en vez de hablar del rey que toma vino refinado, Marco Aurelio diría algo del estilo de “el compuesto de carne, venas, arterias y nervios que está bebiendo uvas estripadas y descompuestas”.

El ejercicio tenía como fin restarle importancia a las cosas a las que tanta importancia solemos dar. Hoy, por ejemplo, podríamos dejar de ver ese correo que tanto miedo tenemos de mandar como un correo del que depende nuestro futuro (una idea por sí sola absurda) y en cambio pensar en él como unas lineas de texto puestas sobre una pantalla.

Y las implicaciones prácticas de reducir las cosas a sus elementos no solo tienen que ver con evitar abrumarse con aquello que parece demasiado grande, sino también con evitar engolosinarse con el reconocimiento y la validación de los otros.

Se trata, en otras palabras, de evitar la tentación del aplauso de la que Alejandro Gaviria escribió elocuentemente en este discurso de grado.

La tentación del aplauso es con frecuencia irresistible. La tendencia a decir lo que otros quieren oír es casi un instinto. Somos sumisos, gregarios y temerosos. Pero nuestra individualidad depende de resistir los impulsos de uniformidad, de levantarnos un buen día y ponernos la camisa de la discordia o vociferar sin ambages nuestras opiniones en las redes sociales.

Acostumbrarse a la validación de las masas (o de un grupo específico, pensemos, por ejemplo, en su equipo de trabajo) no es un asunto menor. Sus implicaciones empiezan por uno pero van más allá de uno. Empiezan en la tentación de escuchar nuevamente esos aplausos y para ello estamos dispuestos a moldear nuestro discurso. Ajustarlo para que sea más popular. O por lo menos mejor acogido. Nos desviamos de lo que en verdad queríamos decir. Nos desviamos, pues, de la verdad.

Le pasa al gerente que no quiere perder la admiración de su gente. Y entonces amaña las cifras. Le pasa al político que mide sus votos en el estruendo que generan los aplausos. Y entonces promete lo fácil, lo que los aplaudientes quieren oir. Nuevamente, son actos individuales pero no menores. De repente, como dice Gaviria, nos queda imposible levantar la voz por encima del estruendo del aplauso. Y nos resignamos a aplaudir. A unirnos a la masa, que está en el “lado correcto de la historia”.

Es una constante de la historia: pasó con cristianos, luego con comunistas, ahora con los movimientos que nos invitan a filtrar todo bajo una simple regla: que en el mundo hay buenos (desposeídos) y hay malos (poderosos). Y que todo lo que hacen los buenos es bueno. Y todo lo que hacen los malos es malo. Y que si no nos sumamos a los aplausos a los buenos somos malos, o por lo menos estamos pensando mal.

Y toda ese degeneración empieza con un acto individual: nuestra adicción al reconocimiento. A creer que nuestras palabras seguidas de aplausos es la única sinfonía posible. La tentación al aplauso es enviciadora para el individuo y peligrosa para el colectivo. Vale la pena, más que nunca, echar mano de Marco Aurelio y ver los aplausos y los elogios como nada más que el choque de manos y lenguas.

Idea que provocó la reflexión:


“Praise and applause are just the clacking of tongues and hands”

Marcus Aurelius, Meditations

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