La principal ventaja en los primeros años de trabajo

Son muchas las historias de ejecutivos exitosos que, al llegar a la cúspide de la pirámide corporativa, se sienten miserables. Por un lado, el despiadado ascenso los dejó sin familia, amigos, salud, y hobbies. Por otro lado, muchos que asumen la ansiada posición de presidentes o gerentes se preguntan por primera vez ¿para qué todo esto?

Viene entonces una crisis. Para unos más fuertes, para otros más leve. Pero en todo caso una crisis que les hace replantear la manera como viven y trabajan. Unos empiezan a meditar, otros optan por retomar las noches de futbol con amigos, y uno que otro reacciona con largas caminatas antes de entrar a la oficina.

En el plano del sentido, del ¿para qué trabajo?, algunos de los ejecutivos en crisis se adentran en un proceso de autoconocimiento con la intención de entender a ‘qué vinieron al mundo’ o, de manera más simple, como pueden lograr que su trabajo trascienda y genere impacto.

Los que apenas empezamos nuestras carreras profesionales (dentro o fuera de una organización) tenemos dos rutas a seguir: podemos cometer los errores de las generaciones anteriores y embarcarnos en una carrera desesperada por alcanzar unos ideales heredados de éxito. O podemos rendirle honor a la famosa máxima de Bismarck que dice que cualquier tonto aprende de su experiencia, pero sólo los sabios aprenden de los errores de otros.

Estoy convencido de que la principal ventaja que se puede tener en los primeros años de trabajo no tiene que ver con conocimientos, diplomas, mentores, ni con experiencias previas. La principal ventaja está en empezar a integrar sistemas a la rutina de todos los días, sin necesidad de tener que pasar por una crisis similar a la de tantos ejecutivos.

Sistemas

Los sistemas son cosas que se hacen de manera constante y que incrementan las posibilidades de obtener satisfacción en el corto plazo y de éxito en el largo plazo. “En el mundo de las dietas, perder veinte kilos es una meta, pero comer saludable es un sistema. En el mundo del ejercicio físico, correr una maratón en cuatro horas es una meta, pero ejercitarse diariamente es un sistema” explica Scott Adams, el reconocido caricaturista (para una explicación más profunda de los sistemas, ver este artículo).

Por ejemplo, en el caso específico de los ejecutivos en crisis, reducir en 20 puntos los niveles de colesterol es una meta, mientras que caminar hasta la oficina todos los días es un sistema. Muchos de estos ejecutivos integran sistemas a sus vidas para remediar la crisis. Ya sea la crisis del sinsentido, la crisis de salud, o la crisis de la soledad en la cima.

Los que apenas nos embarcamos en esta gran parte de la vida que se llama trabajo, bien podríamos incluir a nuestras rutinas, de manera intencional –y no reactiva– algunos sistemas claves.

Leer

Si ustedes pasaron por una experiencia en el colegio similar a la mía, recordarán que en esa época los libros eran la manera más fácil de detectar a un perdedor. En actitudes que resemblan la cruzada contra los intelectuales chinos por el régimen maoísta, la presión social en muchos de nuestros colegios nos alejó de la lectura. Sencillamente, leer era de ‘nerdos’ o ‘ñoños’ y ser visto con un libro en mano era el equivalente al suicidio social.

El resultado (también recuerda a Mao) fue la consolidación de un grupo homogéneo, de pensamiento estándar, que no permite la diferencia, y cuyos miembros tienen una gran desventaja a la hora de empezar a trabajar: no estamos acostumbrados a leer y no tenemos mayor forma de diferenciarnos de la competencia.

La buena noticia es que las repercusiones de la inquisición maoísta contra los libros pueden revertirse. La lectura se puede retomar y se debe retomar.

Existen muchas defensas y justificaciones sobre la lectura; yo me quedo con una que leí hace poco en un tweet, que aplica para el trabajo: “leer es la manera más efectiva de escalar el aprendizaje.”. Así de sencillo.

Durante siglos la humanidad ha consignado su conocimiento en libros y es un verdadero desperdicio abstenerse de descifrarlo por el hecho de que hace unas décadas la presión social quería embrutecernos y convertirnos, al estilo Mao, en idiotas útiles.

Hacer ejercicio

Ana Isabel Santa María, creadora de Yoga al Alma, dice que hacer ejercicio es como desempañar las gafas – uno no puede creer lo borroso que estaba viendo. Del mismo modo, uno no alcanza a advertir lo mal que estaba viviendo cuando no hacía ejercicio hasta que hace ejercicio. Especialmente hoy en día con las excesivas cargas de trabajo que nos suelen imponer (y que solemos imponernos), la falta de ejercicio rápidamente le cobra factura a la salud mental y física.

Además, el ejercicio supone una ventaja enorme en el trabajo. Phil Knight, fundador de Nike, le hizo un favor a la humanidad al escribir un gran libro autobiográfico en el que relata, entre otras, los comienzos de Nike (nuevamente, la importancia de leer). Basta con leer un par de capítulos para entender algo fundamental sobre Knight – sus grandes problemas no los resolvía en la oficina. Por el contrario, se amarraba los tennis y salía a trotar.

Por supuesto que no estoy afirmando que en las trotadas yace la solución a todos los problemas. Pero los que hacen ejercicio podrán corroborarlo: hacer ejercicio suele ayudar a aclarar el pensamiento y a disipar la neblina cerebral.

Propósito

Al asunto del propósito le han metido demasiado misterio. Lo han llevado al absurdo de que pareciera que hoy es necesario que cada quien tenga un eslogan simple y atractivo sobre lo que vino a hacer en el mundo – “soy Carlos y mi propósito es crear sinergias para ayudar al progreso de los pequeños emprendedores”.

No creo que uno vaya a tener una existencia miserable si no logra articular su propósito como lo hace Carlos (hay mucho malentendido sobre el propósito, en este podcast intentamos aclarar un poco el asunto). Eso sí, creo que tener clara la intención que uno busca generar con su trabajo es un sistema que puede ahorrarnos años de deambular sin rumbo.

El genial psicólogo organizacional Adam Grant escribe que hay tres etapas del autoestima en la vida profesional. La primera es sentirse poco importante; le sigue sentirse importante en el trabajo, y la tercera es querer trabajar en algo importante.

Creo que no hace falta trabajar veinte años para empezar a cuestionarse sobre qué es eso importante que uno quiere lograr. Se puede integrar esa intención o propósito a modo de sistema; aplicarlo todos los días y no postergarlo para cuando uno sea ‘exitoso’ o, peor, para cuando uno entre en la crisis del sinsentido.

*


La agenda es clara: uno puede irse de cabeza contra el mundo profesional y llegar de primero; lo más probable es que los años de irreflexión y el descuido de otras áreas de su vida le pasen factura. Uno puede esperar a que eso suceda –a que la vida lo detenga, como diría Efrén Martínez– y luego concentrarse en encontrar las maneras de recuperar su salud o el sentido. La alternativa es integrar sistemas clave desde el comienzo – leer, hacer ejercicio, pensar en su intención o propósito, son algunos de ellos.

Decirle no a la lancha rápida que promete atravesar el canal en tiempo record y optar por el catamarán. Más lento, pero más robusto. Llegar a puerto en el momento debido y no de primero. Asomarse desde la borda y ver como en la orilla hay cientos de ejecutivos intentando enmendar sus lanchas rápidas para poder continuar.

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