La vida a la defensiva

Es apenas natural: en el colegio no importaba lo bueno que eramos en ciencias, sino lo malos que eramos para matemáticas. Crecimos reparando grietas en el tejado, mientras ignorábamos que nuestro jardín tenía el potencial de ser de talla mundial. Pudiendo trabajar en volvernos excepcionales en unas cuantas cosas, nos ocupamos de volvernos aceptables en todo. ¿La consecuencia de eso? Nos volvimos uniforme, estudiantes promedio, pero lo peor de todo: interiorizamos la creencia de que es preferible pasar todas las materias a sobresalir en un par de ellas.

Al sistema educativo lo atacan por todos los frentes, pero si hay uno que encuentro doloroso es este. Nos enseñaron que era mejor tener veinte casas sosas de techo solido a tener un jardín excepcional digno de admirar.

No debería sorprendernos que tantos adultos jueguen a la defensiva. ¡Es la única estrategia que conocen! Nadie nos explicó que se puede jugar a la ofensiva. Que es posible olvidar nuestras limitaciones -o por lo menos de dejarlas en un segundo plano-. No hemos entendido algo elemental: ¡Nadie se pone a revisar las grietas del tejado cuando tiene semejante jardín ante sus ojos!

Los trabajos en los que la mejor jugada es pasar desapercibido y en los que se valora al trabajador por no ser malo son malos trabajos. Además de que tienen el hedor característico de aquellos trabajos que, dentro de poco tiempo, van a estar en manos de robots.

La alternativa existe: es posible dejar esa idea escuelera de agachar la cabeza y hacer un trabajo aceptable, que no incomode a nadie pero que tampoco aporte en lo absoluto. Y no solo es posible, es mejor negocio.

Idea que provocó la reflexión:


Always think with your stick forward.

Amelia Earhart

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