Los habladores

No existía día más intimidante que el primer día de cualquier semestre en la universidad. Algunos estudiantes rebosaban de energía y parecían estar listos para abarcar toda la materia en esas primeras dos horas. Participaban mucho y decían cosas realmente inteligentes. Parecía que estuvieran viendo esa clase por tercera vez.

Mientras tanto yo, al igual que otros pocos, estaba anonadado. Sumido en la confusión del primer día. Desubicado y algo asustado al ver que mis compañeros me superaban -y por mucho- en competencia. Emergía del salón con algo de miedo y me preguntaba, si ese era apenas el primer día, cómo sería el nivel de mis compañeros a mitad de semestre.

Llegaba la mitad del semestre y las respuestas a esa pregunta comenzaban a esclarecer: el nivel de mis compañeros -que tanto me habían deslumbrado (y asustado) durante los primeros días- lejos de haber progresado parecía haber decaído. Ya no se les veía por ninguna parte y cuando se decidían a entrar a la clase se les notaba perdidos y desconectados. La energía irreprimible de los primeros días había dado paso al letargo propio de alguien estancado en mitad del pantano.

¿Y quienes quedábamos en el salón? Por lo general los que habíamos callado durante esos primeros días. Los que nos sentíamos inadecuados inicialmente y no entendíamos nada de lo que sucedía.

Los sabelotodos del día uno habían ganado los 200 metros planos. Solo que nadie estaba jugando a eso. Tal vez ese era su problema: se acercaban a la clase con la superioridad intelectual de saber de qué se trataba todo eso. Y por eso parecía que supieran más que el mismo profesor. Desplegaban todo su conocimiento en esas primeras sesiones y nos dejaban al resto confundidos: “¿cómo puede saber tanto?”.

Y esa terminaba siendo su condena. En el primer momento en que se sentían incompetentes, se daban cuenta de que lo suyo era una ilusión. Una superioridad mentirosa. Los callados, por nuestro lado, no teníamos otro punto de partida que la humildad de no saber. De no entender.

Esa ha sido probablemente una de las lecciones más importantes que he tenido: en algo que valga la pena -que por naturaleza se trata de esfuerzos de largo aliento- la constancia supera al intelecto. Siempre.

Lo ve uno mucho en emprendedores, por ejemplo. Los que deslumbran con sus palabras rara vez deslumbran con sus acciones. Ryan Holiday dice que “la única relación entre trabajar y alardear es que una mata a la otra”. Y eso es un alivio. Sobre todo para los que el primer día de clase (y el primer día de trabajo) no entendemos cómo podemos ser tan incompetentes cuando miramos con susto a nuestros pares habladores.

Idea que provocó la reflexión:


La única relación entre trabajar y alardear es que una mata a la otra.

Ryan Holiday, Ego is the Enemy.

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