Pura narrativa

Cuentan que, durante la Segunda Guerra Mundial, el general George C. Marshall rechazó el pedido que varios amigos le hacían de registrar en un diario sus vivencias y reflexiones. A Marshall lo preocupaba que mantener el diario lo privara de verdaderos momentos de reflexión y que lo pusiera en modo “protagonista”. Que el Marshall consciente de ser protagonista de la historia evitara tomar las decisiones difíciles -y necesarias- preocupado por cómo eso se vería en el futuro. A Marshall lo preocupaba que el relato cobrara mayor importancia que el hecho.

Es el clásico problema de la vida y la narrativa.

A veces la narrativa que uno ha tejido de su vida es tan desalentadora que impide vivir. Allí lo que corresponde es cuidar la narrativa.

Otras veces, las ganas de tejer una narrativa termina por destrozar muchas vidas. Pasa, por ejemplo, con la política de la apariencia, en la que no importa lo que se hace sino cómo se ve aquello que se hace. Lo que se hace, entonces, siempre está mediado por un criterio de “qué dirán”. A lo importante, inevitablemente, lo secuestra lo popular.

Y no hablemos mucho de políticos, pero que mundo de políticos que están dedicados 100% a armar la narrativa -la apariencia- a costa de tomar decisiones difíciles.

En fin, hay que cuidar la narrativa pero también hay que tener cuidado con dedicarse exclusivamente a armar la narrativa a costa de la vida. Y, sobre todo, tener cuidado con esos políticos que son pura narrativa (verdes, ecológicos, independientes, renovadores, reformadores) y nada más.

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