Una generación perdida en el presente

Es difícil orientarse hoy en día. Claro que eso ha sido cierto durante los últimos cien años. Es el precio que hemos pagado por nuestra libertad. Nos complicamos la vida, diría Alejandro Gaviria. Surgimos de entre los confinamientos de la religión y ahora estamos confundidos. No sabemos para dónde coger ni qué hacer para que la vida valga la pena.

La palabra de moda, entre jóvenes, ha sido, durante un buen tiempo, crisis existencial y parece que todo está puesto para que así sea. Los que siguen encontrando sentido en la religión se sienten inadecuados en una sociedad cuyas dinámicas y luchas no corresponden con los dogmas que intentan seguir. Es más, en algunos casos la misma persona que lucha por causas modernas es, a su vez, treméndamente religiosa. El conflicto interno que le genera el choque entre los llamados de su causa y sus creencias religiosas no hace falta adivinarlo, es evidente ante nuestros ojos.

Y los religiosos no son los únicos que tienen problemas orientándose. También están los hiperracionales que han pensado tanto y tan profundo en este tipo de cuestionamientos que ya no creen en nada. Ni en dios, ni en la moral, ni en las reglas. Creen en la razón, eso sí. Pero eso no les sirve de mucho a la hora de salir de la confusión. La suya suele ser una vida intelectualmente superior, pero desdichada.

¿Qué hacer entonces? Evidentemente no lo sé. Estoy también montado en el bus de los confundidos. Eso sí, hay algo que me ha servido para ganar algo de perspectiva y bajarle a la crisis existencial: el viaje al pasado.

Y no a mi pasado, sino al pasado en general. A la historia y, en particular, a las vidas de hombres y mujeres que ya se han encontrado con problemas similares a los nuestros. Y es que las preguntas grandes (¿de qué se trata la vida?, ¿cuál vida vale la pena vivir?, ¿qué hace bueno a un ser humano?, ¿cómo actuar?, ¿cómo relacionarse con los otros?) son, a fin de cuentas, preguntas perennes.

“No sé qué hacer con mi vida… como que no me hallo” dice ella. ¿Y saben que le responde su amiga? “Vive el presente”, “deja de pensar en el futuro que solo trae angustia”, “medita y vas a ver que todo está bien”. Aunque meditar es esencial en mi rutina, creo que la obsesión actual con el presente es un peligro que debemos cuestionar. ¿Es eso lo que queremos crear? ¿Una sociedad de gente dedicada al presente a costa de sacrificar el futuro?

Propongamos mejor la respuesta impopular: vuelva al pasado. Pero no a su pasado. Al de tantos grandes hacedores y pensadores de quienes tenemos noticia. ¿Y cómo se hace eso? Ojalá no solo viendo videos en Youtube. Mejor leyendo. Leyendo historia y biografías. Y novelas. Porque las grandes novelas, ya lo dice André Marouis, “nos ayudan a comprender que, si decorados y costumbres se transforman, las pasiones humanas cambian poco”.

Y la buena noticia es que ese escape del presente, ese viaje al pasado, nos sirve para ganar perspectiva. Para reconocer que nuestros problemas son atemporales y siempre han estado; solo que cada época trae sus retos particulares. Y al abstraernos de nuestro tiempo ojalá podamos ver que nuestras formas de resolver el problema existencial, ya sea uniéndonos a un grupo que nos da identidad o inventándonos, con la razón, nuestros propios valores, no son tan nuestras, ya otros las han intentado y rara vez el cuento ha terminado bien. O por lo menos eso diría un repaso por la historia.

Idea que provocó la reflexión:


Los grandes artistas nos ayudan a comprender que, si decorados y costumbres se transforman, las pasiones humanas cambian poco.

André Marouis, Historia de Inglaterra

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