Una narrativa que todo lo explica

Lo que nos separa del paraíso es que en este país se roban 50 billones de pesos al año los corruptos y el resto de plata lo gastan en aviones de guerra.

Obvio, así de simple es el mundo.

Lo primero que hay que hacer es desconfiar de una historia que lo explique todo. Que funcione como una secuencia lógica de enunciados cuya culminación sea la plenitud de todos los seres humanos, el paraíso. El enredo del mundo es tanto que creer que todo podría desenredarse con una solución simple (acabar la corrupción) no es más que la ilusión de una mente infantil, o la conclusión de las masas enardecidas, que al fin y al cabo son la misma cosa.

La corrupción es un problema. Pagar 28 millones para que alguien coordine un par de reuniones al mes también es un problema. La policía disparando como reacción instintiva es un problema, así como lo es que gente educada comparta publicaciones que incitan a la violencia con tal de mostrar que “están con el pueblo”. Los problemas, como todos pueden ver, son muchos. Qué inaudito que la solución sea una sola y dependa apenas de la voluntad política (y por lo tanto tenemos que votar por el político que promete acabar la corrupción – o por los que adelantan consultas anticorrupción).

Esa historia del país es atractiva para las mentes infantes: somos pobres porque las élites nos han saqueado y nos siguen saqueando. Somos un pueblo oprimido que acaba de despertar y vamos a llegar al paraíso cuando estemos en el poder y podamos firmar las leyes que necesitamos.

Yo, tengo que admitirlo, estoy poseído por otra historia: la de que somos un país que apenas está dándose cuenta que puede dejar de ser pobre, y que el camino es generar riqueza, mientras intentamos sacar los más que podamos de la pobreza. Bajo mi narrativa, ser privilegiado no es un motivo de vergüenza ni una invitación a desprenderse de ellos y “unirse al pueblo”; bajo la mía, el privilegio es un motivo de responsabilidad, de dedicarse a ampliar las posibilidades para los que nunca las han tenido.

Claro está: de toda narrativa hay que desconfiar. Desconfío por lo tanto de la mía, que estoy seguro no todo lo explica. Pero ahí sí: prefiero una historia de país que invite a la responsabilidad, a construir y crear y no a la que tantos, las masas, “el pueblo”, la gente educada que la preocupa más la virtuosidad que la verdad, están recurriendo: la de hacer de este país un infierno ardiente hasta que no quede nada para que de las cenizas podamos armar por fin nuestro paraíso.

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