Entusiasmo runner

Daniel Acevedo, que no es primo mío pero sí un atleta serio, me invitó a trotar desde Sabaneta hasta Medellín. Me pareció que el plan era insensato, pues entre Sabaneta y Medellín existe un municipio entero. Además, nunca había trotado intermunicipalmente (salvo la vez que me colé a la maratón de Chicago y terminé, lo juro, en el Mid-west). «Son diez kilómetros», me dijo Daniel. Pensé que mentía para convencerme, pero revisé en el celular y efectivamente eran diez kilómetros. Me pareció una distancia decente, lograble a pesar de que hacía rato había cambiado el trote (o running, como dicen ahora) por el squash. «Nos vemos mañana», le contesté comprometiéndome a la hazaña e hice la anotación mental de, en adelante, no referirme a este capítulo como la vez que troté diez kilómetros (logro modesto), sino como mi épica corrida desde Sabaneta hasta Medellín.

Nos vinimos conversando. Al parecer, el running es ahora también una actividad social. Una vez llegamos a nuestro destino y mediados por almojábanas y jugo de naranja, nos pusimos, como buenos runners, a recapitular la trotada que acabábamos de terminar. Daniel me dijo que para tratarse de la modalidad talk running (en realidad no dijo así), el ritmo había estado bastante bien y que le sorprendía mi buen estado físico. Le agradecí y le dije que el buen estado físico era de las pocas cosas que nos iban quedando a los solteros.

-«¿Por qué no te inscribís a la media maratón?», me preguntó. Estaba genuinamente interesado en la prolongación de mi buena racha de autoestima deportiva.

-«Intenté», le contesté, «pero no alcance a inscribirme».

Eso es lo de menos, dijo, yo te consigo cupo. Estaba frente a un verdadero runner. Finalmente no pudo conseguirme cupo.

Quedé picado por la idea. Ya cuando uno es runner, capaz de trotar y hablar al tiempo, cuando su partner de trote porta un reloj de esos que miden las pulsaciones, ya lo mínimo es medírsele a una media. Maratón.

Conseguí el cupo gracias a la generosidad de un extraño. Era sábado en la tarde y tenía ocho días para prepararme.

La preparación empezó mal. Jugué tennis el domingo, cuando debía de haber trotado. Culpo a la voz de mi intestino que tiene el hábito de retorcerse sin piedad cada vez que le soy infiel a mi palabra. He debido cancelar, pero allá me aparecí, conté de mi decisión impulsiva de inscribirme a la carrera, admití que, sí, serían seis kilómetros más de lo máximo que llegué a correr cuando me tomaba esto de trotar con más seriedad y que, sí, me asustaba ese tirón en el muslo que sentí el domingo anterior cuando constaté que, sí, los treinta años son en serio y que, sí, acababa de lesionarme en la modalidad más compasiva de cualquier deporte: dobles de tennis domingueros.

Apenas terminamos de jugar sentí las piernas pesadas. De malas. Tengo carrera y hay que aprovechar cada minuto para entrenar. Pensé que debía trotar no más de seis o siete kilómetros, algo suave, como decimos los runners. Ya me estaba amarrando los cordones de los tenis de trotar cuando me entró la llamada de mi coach.

Ahora, no vayan a creer que soy tan runner como para tener un coach. La historia es que alguien me dijo que la mejor manera de tramitar una tusa era metiéndose a una carrera de estas. «Bueno», le contesté, «pero si me meto, usted me entrena». Aceptó. Ese alguien es deportista profesional.

Lo primero que hizo fue prohibirme trotar ese día después de tennis. Nada iba a ganar sobre exigiendo unas piernas que ya estaban al límite. Lo siguiente que hizo fue mandarme un plan de entrenamiento, francamente, extraño. Se veía algo así:

Si me preguntan a mí yo habría entrenado mucho más. Nunca había trotado más de 15 km y para preparar 21 km, mi entrenador me había mandado tres entrenamientos y el más largo de no más de siete kilómetros. Ese plan no tenía sentido. Además, una verdad conocida entre atletas amateurs es que el día antes de la competencia no se entrena. Pero no. Mi coach no solo me iba a hacer entrenar la víspera de la carrera, sino que me invitaba a apretar las piernas como nunca y a exigir los pulmones hasta el límite de la asfixia. Decidí confiar. Después de todo, él era un profesional y yo un wannabe runner.

Seguí el programa al pie de la letra. Sufrí mucho durante los abundantes días de descanso. Sentía el cosquilleo del superávit energético en los muslos y me creía capaz de darle tres vueltas al circuito Sabaneta-Envigado-Medellín. No lo hice. Me cogí cortica la rienda y me quedé en casa descansando un cansancio imaginario.

Llegó el día de la carrera. Me puse la camiseta talla S (los problemas de conseguir cupo a última hora) y me dispuse a sufrir los seis kilómetros de deuda que nunca preparé. Me lo habían advertido ya: esos seis kilometros serían el infierno.

No lo fueron.

El kilómetro diecisiete no fue muy diferente del kilómetro siete. Pude mantener el mismo ritmo (que, según unos varones que no perdieron la oportunidad de hacérmelo saber, era indestinguible con caminar) y acabé en un tiempo que me sorprendió: dos horas diez. Para un runner no runner, con ocho días de preparación, me parece todo un logro.

Desde entonces he pensado mucho en ese calendario extraño que diseñó mi coach. Véanlo de nuevo. No es un calendario para optimizar el tiempo. Es un calendario para optimizar la energía. Ese, creo, es el insight oculto de mi coach: él sabía que un atleta físicamente acondicionado pero drenado mentalmente —seco de entusiasmo— tenía menos posibilidades de llegar a la meta que uno inferiormente preparado, pero lleno de energía y de entusiasmo por correr.

En este mundo obsesionado por la gestión del tiempo se habla poco de la gestión de la energía, que es más importante. Hemos sabido liberarnos de la línea de ensamblaje pero seguimos presos del antiguo paradigma que dice que el trabajo es acerca de usar bien el tiempo. El trabajo, en realidad, es el resultado directo de la energía que desplegamos, y por eso la conversación debería centrarse en cómo administrar bien esa energía.

Desde este paradigma de la energía, la pregunta no es ¿cómo aprovecho los ocho días que faltan para la carrera? Sino, ¿cómo me aseguro de llegar a la carrera preparado y desbordando de entusiasmo?

Hagan como en el colegio y visiten un día a una empresa cualquiera. Vean a la gente trabajar. Se darán cuenta que la cantidad de tareas que se hacen en contravía del estado energético del individuo es una herejía. Es como llenar el termo con el único tanque de agua del desierto y nunca preocuparse de tapar el hueco por el que se riega toda. Gente que destina sus horas más lúcidas a contestar los correos más triviales. Reuniones de reporte en las que las mentes de los asistentes por fin empiezan a descifrar el rompecabezas que no supieron resolver en la anterior reunión, que, esa sí, era de brainstorming,pero que los sorprendió como una tormenta apenas terminaron de almorzar. Y así rutinariamente se cometen los peores crímenes energéticos por andar optimizando lo que no amerita optimización, bajo la obsesión, eterna, infructuosa, e insana, de aprovechar mejor el tiempo, para saber que este nunca ha trabajado y la única que siempre lo ha hecho es la menospreciada —y rara vez protagonista— energía humana.


Recomendación de la semana

Realmente bueno el documental de David Beckham en Netflix.

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Soy Andrés Acevedo (TwitterLinkedin), el escritor detrás del hit cultural 13%, el podcast sobre trabajo y carrera profesional. Más sobre mí aquí.