No es humo

Por Andrés Acevedo N.

De haber sabido

De haber sabido el significado de la palabra ensayo, probablemente le habría encontrado la gracia.

Y es que cuando la profesora decía, “Tienen hasta el lunes para entregarme un ensayo sobre la historia política de Colombia”, nadie quedaba motivado. Menos cuando advertía sobre los requisitos del texto: “Cuatro páginas, en letra Times New Roman 12 y a espacio sencillo”. Que aburrición.

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Los habladores

No existía día más intimidante que el primer día de cualquier semestre en la universidad. Algunos estudiantes rebosaban de energía y parecían estar listos para abarcar toda la materia en esas primeras dos horas. Participaban mucho y decían cosas realmente inteligentes. Parecía que estuvieran viendo esa clase por tercera vez.

Mientras tanto yo, al igual que otros pocos, estaba anonadado. Sumido en la confusión del primer día. Desubicado y algo asustado al ver que mis compañeros me superaban -y por mucho- en competencia. Emergía del salón con algo de miedo y me preguntaba, si ese era apenas el primer día, cómo sería el nivel de mis compañeros a mitad de semestre.

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La vida a la defensiva

Es apenas natural: en el colegio no importaba lo bueno que eramos en ciencias, sino lo malos que eramos para matemáticas. Crecimos reparando grietas en el tejado, mientras ignorábamos que nuestro jardín tenía el potencial de ser de talla mundial. Pudiendo trabajar en volvernos excepcionales en unas cuantas cosas, nos ocupamos de volvernos aceptables en todo. ¿La consecuencia de eso? Nos volvimos uniforme, estudiantes promedio, pero lo peor de todo: interiorizamos la creencia de que es preferible pasar todas las materias a sobresalir en un par de ellas.

Al sistema educativo lo atacan por todos los frentes, pero si hay uno que encuentro doloroso es este. Nos enseñaron que era mejor tener veinte casas sosas de techo solido a tener un jardín excepcional digno de admirar.

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“Eso ya está inventado”

Y aun así insistimos en hacerlo todo desde ceros. A veces creo que tiene que ver con el sistema educativo y sus buenas intenciones. Los atajos, después de todo, estaban prohibidos o, cuando menos, desincentivados.

El lastre lo hemos cargado desde entonces y tal vez por eso empezar a trabajar es algo extraño: para poder hacer las cosas bien es preciso pedir ayuda -que no es otra cosa que buscar atajos-. Y no le sucede únicamente a los novatos; el gerente que dirige desde tiempos inmemoriales sigue escribiendo por el grupo de Whatsapp de amigos gerentes: “oigan, estoy confundido con un tema… ¿alguno de ustedes ha tenido que hacer ____?”

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Una generación perdida en el presente

Es difícil orientarse hoy en día. Claro que eso ha sido cierto durante los últimos cien años. Es el precio que hemos pagado por nuestra libertad. Nos complicamos la vida, diría Alejandro Gaviria. Surgimos de entre los confinamientos de la religión y ahora estamos confundidos. No sabemos para dónde coger ni qué hace que la vida valga la pena.

La palabra de moda durante un buen tiempo ha sido crisis existencial y parece que todo está puesto para que así sea. Los que siguen encontrando sentido en la religión se sienten inadecuados en una sociedad cuyas dinámicas y luchas no corresponden con los dogmas que intentan seguir. Es más, en algunos casos la misma persona que lucha por causas modernas es, a su vez, treméndamente religiosa. El conflicto interno que le genera el choque entre los llamados de su causa y sus creencias religiosas no hace falta adivinarlo, es evidente ante nuestros ojos.

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Eficientes pero ineficaces

El escritor que no pierde un segundo, que teclea sin parar durante horas, produce una novela de la que vale la pena desconfiar.

En el caso del escritor nos queda fácil reconocerlo: si no dedica tiempo a pensar, a la contemplación, a la observación, es probable que su escrito no sea digno de ser leído. Uno no compra el libro que haya sido escrito de manera más eficiente, el que menos recursos haya exigido en su producción; uno quiere, un libro eficaz. Es decir, que tenga la capacidad de lograr el efecto deseado en el lector.

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La trampa del crecimiento

La tentación del creativo o del emprendedor exitoso es llevar lo que hace “al siguiente nivel”. Escalar, crecer, expandirse, o como le quieran llamar. Se trata de la vocación de conquistador, que pareciera que hace parte de nuestro ADN.

Para muchos, la expansión no resulta nada bien. Unos terminan creando un monstruo imposible de domar, pero que necesitan mantener con vida (es su monstruo, después de todo), y para lograrlo deben renunciar a todo lo otro que consideraban valioso. Por ejemplo, el que quería dedicarse a escribir y montó un negocio alrededor de la escritura pronto descubre que ya no tiene tiempo para escribir sino solo para administrar el negocio. Como diría Seth Godin: “Uno no monta un negocio porque quiere libertad. Uno monta un negocio porque quiere manejar un negocio”.

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