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¿Cómo hacer un podcast genérico?

Hace varios años me reuní, en el ático de un restaurante español, con un sensei de la radio. El señor, ya en edad madura, se había cruzado con nuestro podcast (13%) y le veía mucho potencial. Me contó de su trayectoria impecable —de la que nunca dudé— y me nombró tantos periodistas importantes que me generó la impresión de que el periodismo colombiano orbitaba alrededor del señor que comía patatas bravas enfrente mío. El señor tenía un plan para hacer de 13% uno de los hits del mundo digital. No recuerdo las condiciones de ese plan que nunca ejecutamos, pero sí una sugerencia en particular: que pusiéramos una música de fondo —«que acompañara»— durante todo

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Diez lecciones de Atemporal

A partir de enero de este año decidí que habría un nuevo episodio de Atemporal todas las semanas. Entre eso y este newsletter, que también es semanal, he tenido suficiente para disciplinarme. Ser predecible es además una manera de perderse menos en esta avalancha rutinaria de podcasts, newsletters, y videos, que cada vez son —y serán— más. El compromiso con la frecuencia ha hecho que Atemporal y este newsletter se hayan vuelto mis actividades principales (a excepción de mi proyecto secreto, claro), y que sean las principales avenidas a través de las que me forjo un criterio sobre el mundo. Atemporal en particular me expone a conversaciones con personas excepcionales y siempre me deja pensando

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Espiral del desentusiasmo

Ya varios han tratado la pregunta de cómo empezar. Me interesa otra pregunta, la de cómo no echarse para atrás. Lo verdaderamente crucial —lo sabe todo el que ha transitado «la vida elegida» (como dice Juliana González)— no es tanto decidirse a empezar como aprender a mantenerse. El entusiasmo inicial es una cosa verdaderamente mágica. Y, como toda magia, es fugaz. La directora de mercadeo de la cadena de hoteles renuncia para perseguir su sueño de reformar la rancia burocracia estatal y siente el mismo corrientazo de adrenalina que el inversionista que abandona el Excel para ocupar la variante de director de mercadeo de una cadena de hoteles. Ambos se han bañado en los jugos de

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Moverse vs hacer

Mucha gente quisiera empezar un proyecto. Y no importa si lo que se deciden es a armar un negocio en su tiempo libre, lanzarse como Concejal, o inaugurar una carrera como artista. A todos los suele detener lo mismo: se les acaba la gasolina a mitad de camino. ¿Por qué la gente se desentusiasma de sus proyectos? Porque, aunque se mueven mucho, no hacen lo suficiente. No es fácil diferenciar entre hacer y moverse, pero intentemóslo: el movimiento, aunque altera el mundo, no desencadena en nuevas oportunidades. El hacer sí. Al burócrata soviético que le ordenan tumbar un muro le vienen a la mente dos trayectorias posibles: la primera es consultar a un experto; la segunda es

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Robarse una identidad

Antes de cumplir treinta, quería haber publicado seis libros, como Ryan Holiday. Hoy tengo uno publicado (del que no hablo), otro en proceso (mejor dicho: en sufrimiento), y dos biografías en mente y que espero escribir en el futuro. Como pueden ver, me quedé corto frente a la meta, pero eso no importa. Hoy no quiero escribir sobre metas sino sobre el hecho de haber usado a Ryan Holiday para ponerme metas, pues veo que el asunto de la identidad ha adquirido cierta importancia para mis fellow citizens. A mí también me ha preocupado el tema de la identidad. En nuestra sociedad instagramera, lo raro sería no preguntarse por ella. Y que estemos obsesionados con la

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Entusiasmo runner

Daniel Acevedo, que no es primo mío pero sí un atleta serio, me invitó a trotar desde Sabaneta hasta Medellín. Me pareció que el plan era insensato, pues entre Sabaneta y Medellín existe un municipio entero. Además, nunca había trotado intermunicipalmente (salvo la vez que me colé a la maratón de Chicago y terminé, lo juro, en el Mid-west). «Son diez kilómetros», me dijo Daniel. Pensé que mentía para convencerme, pero revisé en el celular y efectivamente eran diez kilómetros. Me pareció una distancia decente, lograble a pesar de que hacía rato había cambiado el trote (o running, como dicen ahora) por el squash. «Nos vemos mañana», le contesté comprometiéndome a la hazaña e hice la

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Cinco libros que definieron mis veintes

Cumplí treinta el sábado y sentí de golpe la nostalgia del fin de la década. De las pocas que tengo para escoger, mis veintes han sido, de lejos, mi década más importante. Fue cuando hice un corte radical con la inercia que iba a determinar mi vida. En mis veintes deseché mi título de abogado, puse a sufrir a mis papás pues ni siquiera escogí un camino alternativo sino que me metí de cabeza en territorio inexplorado, y mandé al reciclaje las toneladas de fotocopias que había leído con desgano durante la carrera y que habían hecho de mí un verdadero analfabeta funcional. Cuando uno cuenta este tipo de cosas tiende a exagerar para darse más

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Espaldarazo

No hay peor lugar común que el que dice que «los jóvenes son el futuro del país». Me parece, además, que es cierto solo en su versión obvia, la demográfica. El futuro se encargará de despachar a los viejos y entonces los que eran «el futuro» pasaran a ser los nuevos viejos. Entendido así, los jóvenes serán el futuro, pero solo porque no habrá de dónde más escoger. Pero ese no es el sentido en el que se suele usar la frase. Cuando alguien dice «los jóvenes son el futuro del país» no lo dice como lo diría un profesor soso de estadística. Lo dice más parecido a como el colombiano dice «la esperanza es

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El foco de Barco

El día que fue elegido presidente de Colombia, Virgilio Barco pasó la tarde jugando criquet. No monitoreó noticieros. No atendió llamadas. Jugó criquet, comió, y en un punto se paró de la mesa. «Me avisan cualquier cosa», les dijo a los demás comensales y se excusó para irse a su casa. Cualquier cosa. Como si ese día no se fuera a definir La cosa. Como si ese día no fuera a arribar al destino último de una larga carrera política. Cuenta Rafael Obregón —que estuvo entre los jugadores de criquet de esa tarde— que cuando llamaron a Barco a contarle que había ganado, el que contestó el teléfono fue su chofer. «Que le manden la

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A la Renoir

Mi impresionista favorito es Renoir. Sueño con visitar uno de sus cuadros, Baile en Bougival, que está en un museo de Boston. En la sala de un apartamento de Madrid me encontré un libro de Renoir, de esos que se compran no para leer sino para decorar la mesa de centro. Lo levanté. Lo leí. Decía el innombrado autor que Renoir pintaba escenas que evocaban la vida feliz. La vida descomplicada.   Colores vivos, caras sonrientes. Arrugas de risa, ninguna de estrés. Gente viviendo. Bailando, comiendo, bebiendo. Épocas felices. Bebamos y comamos, que mañana moriremos. Tiempos felices. El fin del mundo. Tiempos malos crean hombres fuertes. Hombres fuertes crean tiempos buenos. Tiempos buenos crean hombres

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Mi tío Camargo

Lo que más me impresionó cuando conocí a Andrés Camargo (todavía no le decía “mi tío”) fue su oficina. Suena absurdo, y uno lee el perfil que escribí en ese entonces y ni menciono la oficina. El perfil es sobre el proceso penal injusto y absurdo que lo condenó a cinco años de cárcel. Hoy, casi seis años después de esa primera entrevista más que de Camargo me acuerdo de la oficina. Quedaba en un típico edificio bogotano, cerca al parque de la 93. No era un edificio moderno, pero tampoco uno de esos clásicos elegantes. La oficina, en cambio, sí era elegantemente clásica. Recuerdo más la atmosfera del sitio que los detalles de la

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Los restaurantes de dos platos

Hay algo sobre los restaurantes de dos platos que me atrae. Ajiacos y mondongos vende ajiacos, mondongos, y cazuelas de frijoles. Este año les dio por empezar dizque con sopa de arroz, pero los perdono pues el promedio de un plato por cada 8 años de existencia es bastante decente. Creo que lo que me atrae de esos restaurantes de pocos platos es el mensaje tácito: aquí hacemos solo dos cosas, o sea que las hacemos mejor que nadie. Además, reduce el riesgo para el comensal que no tiene que adivinar en cual sección del menú de dos mil platos está el corazón del restaurante y en cuál se esconde el último capricho del hijo

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Una vida hecha a la medida de la media

Un McDonald’s encima de un volcán Un empresario cuyo negocio estaba montado en Facebook dijo todo lo que había que decir: «este negocio es como tener el Mcdonalds más rentable del mundo, pero encima de un volcán». Nunca se sabe cuando va a estallar el volcán. Y el volcán estalla. De un día para otro Instagram cambia el algoritmo y ya no le interesan las fotos ni los textos (como pueden ver, sigo dolido). La tiktoktización de Instagram plantea una pregunta para el creador y es si uno debe adaptarse al medio. Y aún más, si hay algo de diferente entre hacer videos y escribir textos. Pareciera que da un poco igual. El video puede

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El presidente inseguro

Dicen que el escándalo de Watergate se habría evitado si tan solo «un tonto» no se hubiera tomado tan en serio lo que decía Nixon. Los asesores cercanos del presidente sabían que de él surgían dos tipos de órdenes: las que quería que se ejecutaran y las que solo daba para impresionar a alguien. La tarea principal del asesor era diferenciar entre órdenes «operacionales» y afirmaciones del ego. En una ocasión, al ser informado sobre el secuestro de un avión con pasajeros estadounidense, Nixon, que estaba comiendo con unos amigos, respondió: «bombardeen el aeropuerto de Damasco». Al día siguiente se alegró al constatar que la orden no había sido ejecutada. No había sido dada con

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De presidentes y zorros

Veintitrés años lleva Lina Vélez de Nicholls pedaleando un mismo proyecto. Su gran obsesión. Que Antioquia tenga salida al mar. Sobre eso conversamos en Atemporal (aún no está al aire). Además de la admiración que le produce a un milennial ver a alguien firme en un mismo proyecto durante décadas, me hizo pensar que existen dos tipos de líderes: los zorros y los erizos (la metáfora de Isaiah Berlin parece ser la única manera de partir el mundo en dos, de manera que aquí también abuso de ella). Los zorros son eclécticos; trabajan en varios proyectos al tiempo, y le apuestan a que la suma de todos sus esfuerzos valdrá la pena. Los erizos concentran

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El cuento de la gata

Lo difícil de las situaciones difíciles no es solo superarlas, también es depurarlas. Aprender la lección correcta. En una tertulia de las que hacíamos para aprender sobre el trabajo y la carrera profesional, David Escobar nos contó el cuento de la gata, que le leyó a Mark Twain. Una gata, desprevenida, se sienta en una estufa caliente y se quema. La gata queda traumatizada y de la desafortunada experiencia aprende a nunca más sentarse en estufas calientes. Y en estufas, en general. Es más, aprende a nunca más sentarse. No siempre es fácil aprender lo que hay que aprender. A veces toma tiempo desenterrar la lección correcta; hace falta remover mucha tierra antes de empezar

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Mantener la tensión

Tengo una máxima en la vida que suena irresponsable: «la mayoría de los problemas se resuelven solos». Hace unos meses mi hermana me contó que lo había intentado y que, en efecto, los problemas cuando se los deja en paz tienden a resolverse. Esta idea choca con nuestra cultura, que premia al gerente que «está encima de los problemas», y cree negligente al que busca aislarse de ellos. Lo ideal en nuestra cultura es anticiparse; cortar las situaciones de raíz, un poco al estilo de Javert en Los miserables (la película, el libro no lo he leído) que acaba con la revolución antes de la tercera noche. Es un experimento que les recomiendo: pongan el

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Emprendedor funcional

Hay gente, como Daniel Bilbao, que apenas se monta a un taxi se pone a calcular los costos de la gasolina y del mantenimiento, el margen del negocio, y la plata que le queda al final del día al conductor. Yo no soy así. Hay gente, como Andrés Arango, que da vueltas por los centros comerciales mirando los puestos de helados y preguntándose por qué manejan cuatro sabores en vez de tres. Yo compro el Mcflurry y me doy por bien servido. Esa gente es empresaria nata. Van por las calles con un lente empresarial; calculan PyGs a manera de entretenimiento. Les es tan natural como respirar. Yo me enteré ayer qué significa PyG (perdidas

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El secreto de las brujas

En una entrevista reciente, un empresario me contó de una fábrica que tenía en Venezuela y que generaba buena parte de los ingresos de su compañía. Con la debacle venezolana, la fábrica dejó de operar. Por más que intentó salvarla, nada sirvió contra la corriente chavista ante la cual cualquier esfuerzo humano ha sido —hasta el momento— inútil. Los meses de remar contracorriente frustraron al empresario. Estaba viendo sus ingresos esfumarse y nada de lo que hacía servía para taponar el desangre. Un día tuvo un cambio de perspectiva. Sentó a su equipo y les dijo: «si en vez de poner nuestra atención en cómo salvar esto nos hubiéramos concentrado en nuevas oportunidades, estoy seguro

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La brecha insalvable

Durante buena parte de su vida adulta, Edward Hopper no pintó más de dos o tres cuadros al año. A Hopper la madurez le trajo cautela y entonces fue capaz de controlar sus impulsos más básicos y de no volver cuadro cada boceto que parecía prometedor. Hopper se controlaba y reservaba su energía creativa para esos pocos bocetos (2 o 3 al año) que de verdad valían la pena. Pero incluso siendo extremadamente cuidadoso en la elección, Edward Hopper no estaba a salvo de la brecha que atormenta a todo artista. En una entrevista que dio hacia el final de su vida, se lamentaba de que sus lienzos no terminaran plasmando exactamente lo que vio

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De fácil degenere

Nunca me han gustado las motos. Solo he montado dos veces. La primera, en la moto de trial de mi tío que se me salió de las manos, literalmente, con la primera acelerada. La segunda vez, de parrillero de un desconocido en la carretera que conecta el golfo de Urabá con Medellín (historia para otra ocasión). En Medellín, donde crecí, al que no le gustan las motos le gustan los caballos. Y al que no le gusta ni lo uno ni lo otro, le gustan los carros. A mí no me gusta ninguno. Si mucho me gustan los frijoles. En parte, confieso, es miedo lo que le tengo a las motos. Y no es infundado:

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El desmarque

Cuando uno juega futbol en el equipo del colegio no conoce lo que es una marcación de verdad. Ni en el entrenamiento más intenso se llega a sentir lo que se siente bajo una marcación obsesiva. Yo, que siempre fui defensa, rara vez soporte un marcaje. Excepto una vez que jugamos contra un colegio cuyo nombre nunca había escuchado y que quedaba en una parte de la ciudad a la que nunca había ido y a la que hoy no sabría ir. Era un partido de estudiantes de once pero los del otro equipo ni parecían de once ni parecían estudiantes. Tenían cuerpo de adultos. De adultos militares, para ser más preciso. Cuando yo subía

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Una idea de destino

Las primeras temporadas de Cristiano Ronaldo en el Manchester United fueron muy diferentes a las últimas que tuvo en ese club. Aparte del hecho de que las primeras las vimos por Fox Sports y las narraba el Bambino Pons, está el hecho no menor de que parecen dos jugadores diferentes. El primer Ronaldo era más bien flaco, no escuálido pero sí tenía uno de esos cuerpos de amateur que uno imagina en la bahía de Copacabana jugando con una pelotica de futsal. Ese primer Ronaldo era entretenimiento puro. Un mago de circo pegado a la banda esperando a que le entregaran el balón. Al primer Cristiano no le preocupaba seguir la jugada sino entretener a

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Tiranos adorados

Cuando se habla de grandes tiranos se suele pensar en dictadores malévolos. En Stalin que mató de hambre al 10% de los ucranianos y de susto a otros cuantos millones de rusos. En algún capo africano que viste traje militar y que el tiempo libre, cuando no está ocupado acribillando a sus opositores, lo dedica a sumar dientes de oro a la colección o a alguna santería oscura para mantener su poder. Cuando uno piensa en tiranos no suele pensar en Steve Jobs o en Lyndon B. Johnson. Mucho antes de que se hablara del burnout, Lyndon Johnson —después de Trump, el presidente más improbable que ha tenido Estados Unidos— ya estaba quemando su gente

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Ciudades del deseo

Me ha pasado dos veces. Una vez en Lille y otra cerca a Edimburgo. He sentido en esos dos lugares un afán extraordinario por quedarme. Cuando pasé por Lille era de noche; íbamos en un roadtrip: Ámsterdam, luego Berlín. Toda la vida nocturna europea parecía haberse consolidado en la ciudad fronteriza francesa a la que yo ni conocía, pero de la que quería hacer parte. En ese momento ni Berlín ni Ámsterdam me interesaban, lo único que me interesaba era bajarme del carro y quedarme en Lille. Tenía 17 años, y aunque atravesaba la cúspide de la espontaneidad, no me bajé del carro, seguimos derecho y este es el día que no he pisado Lille.

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Volver a los clásicos

Me imaginó que ya todos han leído algún texto que se titule así. Es estadísticamente improbable que no, pues elogios de los clásicos se escriben todos los días. Ya el discurso lo conocemos: que son «clásicos» pues nunca pierden su vigencia, que nos interpelan siempre, según la situación que estemos viviendo, que se pueden leer ciento y una veces y siempre tienen algo nuevo para decirnos. No voy a escribir de esos clásicos, pues no me siento moralmente capaz. Empecé El Quijote y no he podido pasar de la página 400, 600 u ochocientos, ya ni me acuerdo (de hecho, se lo confesé a Andrés Caro, en el más reciente episodio de Atemporal). Voy a

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Relato de dos CEO

Una de las primeras entrevistas que hice fue a un CEO de una gran empresa colombiana. La más importante en su industria. El tipo me cayó pésimo. No diré su nombre. La entrevista más reciente que hice fue a un CEO de una gran empresa colombiana. Tal vez una de las cinco empresas más grandes del país. El tipo me cayó extremadamente bien. Se llama Jose Alberto Vélez, el icónico CEO de Grupo Argos (esperen pronto su episodio en Atemporal). La gente se la pasa buscando patrones comunes entre exitosos, un poco bajo la idea (en la que creo parcialmente) de que todo logro humano tiene el potencial de ser emulado. Desafortunadamente para los buscadores

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Más vaca que león

¿Cómo saben ustedes que necesitan un descanso? Yo me doy cuenta cuando no soy capaz de parar de abrir pestañas en el explorador para meterme a Twitter o a Gmail. Cuando no logro pasar más de diez minutos en Word sin caer en la tentación de ver qué hay de nuevo en las redes sociales. Esa inquietud incontrolable de los dedos, esa mente excesivamente distraída, es para mí un síntoma de que llegó la hora de vacacionar. Como mis vacaciones son irregulares —no es como que yo sepa que en agosto voy a tener vacaciones—, tengo que estar alerta a estos síntomas de cansancio. La fatiga es indicativa que ha terminado un ciclo de sprint.

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Culpa católica y ley de Parkinson

En los primeros semestres de la universidad organizábamos unos grupos de estudio enormes. Nos íbamos para el comedor de una amiga —uno de esos comedores amplios de antes— y copábamos todas las sillas. Once o doce personas estudiando al tiempo. Nunca he hecho parte de algo más ineficiente. A diez minutos de estudio le sucedían cincuenta minutos de chisme universitario. La dinámica se alargaba hasta las dos, tres de la mañana. Amanecíamos en ese comedor para darnos cuenta que habíamos vegetado doce horas y estudiado, en total, no más de dos. A unos les encantaba el plan. Yo lo odiaba. Siempre me imaginé que estudiar derecho iba a ser difícil, pero nunca que éramos nosotros

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Mentes atareadas

Hay gente que cree que si tan solo el día tuviera más horas, ellos podrían hacer todo lo que tienen que hacer. Esto, por supuesto, es absurdo. De nada sirve tener 36 horas disponibles si uno opera en un enredo mental que impide lograr cualquier cosa. Gracias a que un buen amigo me heredó su biblioteca de cuando era banquero (hoy es historiador), me leí uno de esos libros famosos de productividad que creo que nunca habría comprado. Se llama Getting Things Done de David Allen y me pareció esclarecedor. Allen tiene todo un sistema de productividad armado, pero lo que me pareció realmente importante es el principio detrás: todo es acerca de liberar espacio

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Productores de azúcar

En enero decidí borrar redes sociales de mi celular. De lejos la mejor decisión en lo que va del año. Todavía las reviso esporádicamente en el computador (twitter más de lo que me gustaría, instagram cada vez menos), pero he vuelto a sentir la libertad de coger el celular para escribir por whatsapp y no perderme 25 minutos porque el rosado de la aplicación de Instagram me secuestró la atención. Mi desencanto con las redes sociales empezó cuando Instagram quiso volverse Tik-tok y empezó a tenerle sin cuidado todo lo que uno posteara que no fuera video. Hasta ese momento habíamos llevado la cuenta de 13% de 0 a 24 mil seguidores, sin subir casi

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Leer mucho

La semana pasada escribí sobre analfabetismo funcional, la idea de que muchos en la universidad sabíamos recitar lo necesario para tener buenas calificaciones pero en el fondo no lo entendíamos. Me preguntó alguien en twitter si eso quería decir que había cambiado de opinión pues en algún podcast dije que mi filosofía con la lectura era leer mucho sin importar que uno no lo entendiera todo. Pensé contestar con el clásico «no tengo porque dar explicaciones sobre mis posiciones contradictorias, contengo multitudes, puedo citar a Whitman sin haberlo leído…», pero luego caí en la cuenta de que son dos temas aparte. Una cosa es leer mucho para agarrar lo necesario para pasar una materia —analfabetismo

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Analfabetismo funcional

En la universidad, la gente tenía la impresión de que yo alcanzaba a leer todo lo que nos asignaban. Tenía compañeros que vivían impresionados con que yo hubiera acabado las tres lecturas asignadas para la clase de derecho constitucional cuando ellos a duras penas habían terminado la primera. Lo cierto es que leía mal. Escaneaba rápidamente y no me preocupaba mucho si llevaba perdido los últimos cinco párrafos, pues asumía que no era tan importante (muchas veces no lo era). Un amigo, que era muy vago, me dijo que no tenía sentido siquiera intentar leer porque para uno leer bien esos textos necesitaba «al menos 2-3 horas». El tiempo simplemente no daba. En ese momento

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Mi filosofía de productividad y las reuniones en las mañanas

Siempre he pensado que para mí sería muy difícil trabajar en una empresa. La sola idea de tener una reunión el lunes a primera hora me parece espantosa. Y es que va en contra de mi filosofía de productividad. Mi filosofía de productividad parte de mi entendimiento de que el trabajo humano es acerca de energía que se invierte, no del tiempo que transcurre. Visto así, la productividad tiene que orbitar alrededor de una obsesión: usar la energía de la manera más óptima posible. ¿Una manera subóptima de usar la energía? Estar atrapado en una reunión en las horas en las que uno tiene mayor capacidad de concentración. Para la mayoría de personas —sin duda

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Soy esclavo de este newsletter

Mi amiga Christine se va a molestar cuando le diga que me dejó el avión. Según ella, perdí el avión, no me dejó. Con el lenguaje, dice, también somos expertos en victimizarnos. En todo caso me dejó el avión, y aquí estoy, en un aeropuerto a medio cerrar, al que le quedamos en total diez personas y solo la mitad preferimos estar acá adentro, encerrados. «Tómale una foto a ese letrero y escribes sobre la perspectiva: de cómo unos solo ven el letrero de De Lolita, mientras que otros ven el atardecer». Esa fue la sugerencia. La idea no es mala, pero este newsletter es mío. Y yo soy su esclavo. Por eso no escribo

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Los primeros 100 días en un trabajo

Es a Franklin Delano Roosevelt (FDR) a quien debemos la idea de los primeros cien días. Cuando FDR llegó a la presidencia, Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión. «El pulso de la nación», escribe la historiadora Doris Kearns Goodwin, «escasamente podía detectarse». Un cuarto de la fuerza laboral estaba sin trabajo, millones de personas habían perdido sus ahorros, y más de dos millones de desempleados abordaban trenes de mercancías en la busca —inútil— de una oportunidad de trabajar. El presidente Herbert Hoover había intentado frenar la epidemia de desesperanza y había fracasado. Había, casi, claudicado. «Estamos al final de nuestra pita», dicen que le dijo a su secretaria, «no hay nada más que podamos hacer».

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